53 minutos libres
- Paz Salsamendi
- 10 mar 2023
- 2 Min. de lectura

-Buenos días, dijo el Principito. -Buenos días, dijo el vendedor. Era un vendedor de píldoras perfeccionadas que apagaban la sed: tomando una por semana ya no se experimentaba la necesidad de beber. -¿Por qué vendes esas píldoras?, preguntó el Principito. -Es un gran ahorro de tiempo. Los expertos han hecho sus cálculos: se ahorran 53 minutos por semana. -¿Y qué se hace con esos 53 minutos? -Se hace lo que se quiere. Yo, se dijo el Principito, si tuviera 53 minutos libres, caminaría despacio hacia una fuente...
Esta escena del Principito me evocó el relato del precioso encuentro de Jesús con la mujer samaritana. Y pensé que yo también, si tuviera 53 minutos libres, caminaría despacio hacia una fuente, hacia La Fuente que nos ofrece Jesús.
«El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed, pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna». Jn 4, 13-14
53 minutos libres podría ser una imagen de la longitud de nuestra vida entera, la de cada uno. Y caminar hacia esa fuente durante ese tiempo, podría ser nuestra opción.
Desde que sé de Jesús, trato de mantener en Él la dirección del camino de mi vida. Voy viendo, aprendiendo y teniendo vivencias que me maravillan:
Jesús, siendo Él mismo la fuente, siendo Dios, nos busca siempre primero, antes que demos cualquier paso hacia Él. Quiere que todos lo conozcamos. Ofrece salvarnos de nuestras oscuridades, pecados, cerrazones... y lo hace, si le pedimos. Nunca se impone ni nos obliga a nada: sabiendo que es la única fuente de felicidad plena, tiene una delicadeza suprema para respetar nuestras decisiones. Podemos encontrarlo mejor cuando lo miramos desde nuestra fragilidad y pequeñez. Está siempre; lo vieron quienes lo conocieron como hombre hace 2000 años, pero sigue estando en forma real entre nosotros. Acompaña con ternura infinita, llama, espera, enseña... se muestra a través de todas las personas que lo "transparentan" con su bondad. Acepta nuestra indiferencia, nuestro rechazo, nuestra tendencia a creernos autosuficientes y a querer tener control de todo..., porque nos ama. Transforma y sana nuestro corazón fina y pacientemente, cuando lo dejamos. Y tanto más...
Se lo encuentra en nuestro "interior". En palabras de San Agustín "Tú estabas dentro de mí y yo afuera; Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo."
Y se llena de alegría, me imagino, cuando nos oye decir "Padre Nuestro, ayúdanos...", "Padre Nuestro, gracias...", "Padre Nuestro..."
Cuando me doy cuenta que me he desviado del camino hacia esta fuente, trato de volver pronto, porque para mí, ese horizonte es lo que da sentido a todo lo que hacemos. Dicen que en esta vida no conseguimos ver la plenitud de esa fuente... no importa, unas gotas por ahora bastan...






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